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La diferencia de género (femenino/masculino) sobre las bases de su crisis actual

Por Lic. Luciana Antonetti

El movimiento intelectual denominado Estudios de la Mujer, se inició a finales de los años sesenta en los países industrializados y está directamente implicado con el movimiento feminista de lucha por la emancipación de las mujeres. La propuesta feminista es una propuesta revolucionaria que exige a mujeres y hombres el construir nuevas formas de relación. Cuestiona directamente al patriarcado y la consecuente hegemonía de lo masculino sobre lo femenino, como elemento central de la subordinación de las mujeres. El cuestionamiento feminista va más allá de la diferencia sexual para centrarse en la desigualdad. Es decir, su análisis se centra en el interrogante de cómo la diferencia sexual se expresa en inequidad de género, donde lo masculino es más valorado que lo femenino.

Los Estudios de la Mujer, a pesar de su variedad y de las diferencias de planteamientos y enfoques de estudio, tienen un punto de coincidencia, que podría definirse como la necesidad de construir un nuevo paradigma de conocimiento, el de género, basado en el principio epistemológico de la diferencia sexual. Los Estudios de Género son resultado del trabajo teórico desarrollado por las académicas feministas en la búsqueda por ofrecer elementos hacia la eliminación de la desigualdad entre mujeres y hombres.

El término género se utiliza para señalar el conjunto de características diferenciadas que cada sociedad asigna a las mujeres y a los hombres. El género es visto como un conjunto de fenómenos determinantes de la vida social, colectiva e individual. Las sociedades reconocen dos géneros, sobre los cuerpos sexuados masculinos y femeninos, basados en un conjunto de cualidades y atributos vitales que se adquieren como parte de un proceso pedagógico que se enseña y se aprende.

Los términos sexo y género se utilizaban de manera prácticamente intercambiables dentro de las ciencias sociales; pero se ha logrado establecer claramente la conceptualización de ambos. El sexo hace referencia a las características biológicamente invariables desde el punto de vista anatómico y fisiológico del hombre y de la mujer. El género se entiende como las características socialmente construidas que definen y relacionan los ámbitos del ser y del quehacer femenino y masculino dentro de contextos específicos. Se puede asumir como la red de símbolos culturales, conceptos normativos, patrones institucionales y elementos de identidad subjetiva que a través de un proceso de construcción social, diferencia los sexos y al mismo tiempo los articula dentro de relaciones de poder sobre los recursos. Los dispositivos de poder exigen, como condición de su funcionamiento y su reproducción, no sólo sistemas de legitimación, enunciados, normativas y reglas de justificación y sanciones de las conductas no deseables (discursos del orden), sino también prácticas extradiscursivas. Este universo de significaciones constituye el Imaginario Social (término acuñado por Castoriadis, sociólogo y filósofo francés) que es el conjunto de rituales, emblemas y mitos que configuran nuestras creencias acerca de la realidad y de la vida, y organizan la forma en que sentimos, pensamos y actuamos. El Imaginario Social, no es imagen de... sino creaciones, construcciones, invenciones, históricas, sociales y psíquicas de imágenes que crean la ilusión de que éstas son verdaderas, únicas e indiscutibles. El Imaginario Social se configura a partir de las ideas sobre la propia identidad, sobre quién es el otro con el que interactúa, sobre qué se debe esperar de éste (colaboración, agresión, amor, odio, etc.), sobre la sociedad en que se vive (cuáles son los valores, cuáles son las reglas de la acción individual, cuáles son los premios o castigos que se deben esperar por tal o cual conducta) y sobre las restricciones que impone el poder y de las posibilidades que se tienen de acceso al mismo. El producto y los medios de esta construcción social se manifiestan en el acceso asimétrico e institucionalmente estructurado a los recursos, el cual genera privilegio y dominación en el hombre y subordinación en la mujer.

La problematización del tratamiento de la diferencia de los géneros puede ser abordada desde tres dimensiones: epistémica, ética y política. La dimensión epistémica de la diferencia de los géneros implica centrarse en la Episteme de lo Mismo y en su lógica atributiva, binaria y jerárquica. La Episteme de lo Mismo no puede captar la diferencia, la otredad, más que como lo contingente o desviado con referencia a lo mismo; lo cual, al no poder pensarse como lo otro, se transforma en lo único. Es atributiva ya que: “Pensar desde el a priori de lo mismo implica la homologación de lo genérico humano con lo masculino” . “La humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí, sino respecto de él… (…). Él es el Sujeto, él es lo Absoluto: ella es el Otro” . Es binaria “…ya que alterna sólo dos valores de verdad, siendo necesariamente uno verdadero y el otro falso” . Es jerárquica “…en tanto transforma uno de los dos términos en inferior, complemento o suplemento” . A su vez, la Episteme de lo Mismo consta de soportes narrativos que son el naturalismo, el biologismo y el esencialismo. La dimensión epistémica permite explicar, cómo las sociedades construyen, desarrollan, institucionalizan, legitiman y reproducen las desigualdades sociales entre los hombres y las mujeres con base a la gran excusa biohistórica de las diferencias sexuales trastocadas en desigualdades sociales entre los sexos.

La dimensión ética se refiere al eje de la justicia. “La tolerancia a la desigualdad de género está estrechamente ligada a nociones de legitimidad y reconocimiento. (…) La aparente justicia de estas desigualdades y la ausencia de cualquier sentimiento opuesto de profunda injusticia juega una parte importante en el funcionamiento y supervivencia de estas estructuras” .
La dimensión política involucra relaciones de poder entre los géneros. “Los hombres están donde están porque tienen más poder que las mujeres y porque lo ejercen en todo momento tanto en la vida privada como en la pública, ya sea deliberadamente o sin darse cuenta” . Las mujeres están subordinadas a los hombres y a las instituciones patriarcales y son colocadas en situación minorizada en todos los espacios sociales y en sus vidas. Así, las mujeres están sujetas a la tutela de otros que, frente a ellas, se constituyen automáticamente en poderosos. En este esquema político de concentración de valores, bienes y fuerzas, los hombres como género y cada hombre particular, se cargan de poderes extraordinarios. Comparados con las mujeres previamente expropiadas, resultan superiores, completos, poderosos, capaces, dueños y amos de ellas y del mundo. La interdependencia asimétrica entre los géneros, conformada por la dependencia vital de las mujeres en relación con los hombres y la dependencia invisible, cargada de poder, de los hombres en relación con las mujeres, funcionan como fuerzas compulsivas que mantienen relaciones genéricas políticamente desiguales. También es necesario abrir visibilidad a la dimensión política de la vida privada. “Muchos conflictos familiares, de pareja o patologías ‘típicamete femeninas’ son pensados como problema o desórdenes afectivos, sin poder ver que más allá de que se desplieguen en una narrativa sentimental son expresiones de una dinámica de poder a veces insidiosa, a veces explosiva, pero siempre erosiva –cuando no letal- del amor de las personas en conflicto” .
Existen por lo tanto, dos cosmovisiones, dos espacios: el público y el privado; y dos tareas: la producción y la reproducción. Se asignan a los hombres, como espacios propios y masculinos, los espacios públicos de los que son dueños por género, para hacer actividades valoradas social, económica, política y simbólicamente. El espacio privado, doméstico, es atribuido a las mujeres. Un mundo sin salario ni horarios de trabajo, que se rige por sentimientos. Pero apoyados en las mujeres y en sus esfuerzos vitales, es como los hombres desarrollan una identidad positiva, y al ejercer sobre ellas directamente formas de dominio, se empoderan. “…el privado ‘sentimentalizado’ sostiene al público ‘racionalizado’. (…)…para formar buenos individuos, es decir personas suficientemente individuales, con espíritu competitivo, aspiraciones de éxito y poder, y firmeza de carácter, se necesita que sean sostenidos en su infancia por madres, y en su adultez por esposas que, por menos individuadas, puedan con amor postergarse para que ellos triunfen” .

Esa división sexual expresa la supremacía masculina. Sin embargo, esta ha sufrido importantes modificaciones en los últimos años a partir de las exigencias económicas que se enfrentan y a una nueva perspectiva sobre el concepto de ser mujer. Se ha incrementado significativamente la participación de las mujeres en la mayoría de los espacios considerados para los hombres. Es decir, las mujeres han rebasado su espacio privado para trasladarse masivamente y participar en el espacio público. Esta condición, si bien ha significado una carga para las mujeres al tener que desenvolverse eficazmente en ambos espacios y dando lugar a la doble jornada, la valoración atribuida al espacio público como espacio masculino, les ha significado un reto atractivo, que incluso ha repercutido en el incremento de la propia estima y valoración en la mayoría de los casos. Sin embargo, esta participación no ha significado una transformación de la división sexual, lo que lleva a que su intervención esté enmarcada en un espacio ajeno. Es decir, en la mayor parte de los espacios públicos donde se desempeñan, no se reconoce su condición de mujer, sus responsabilidades tradicionales y sus nuevas aspiraciones, por lo que debe actuar libre de éstas, como si no las tuviera. Por el contrario, si bien se ha dado un cambio en cuanto a la concepción del ser hombre, la pobre valoración a las cuestiones femeninas ha significado un obstáculo para la participación amplia de los hombres en el espacio privado. Aún cuando cada vez más los hombres incursionan en tareas domésticas, como el cuidado de los hijos, las compras, y la limpieza, éstas no son asumidas como responsabilidades compartidas, sino como formas de colaboración en el hogar.

Esta división de los espacios propios de cada género va acompañada de ciertos mitos. Los mitos sociales, producciones del imaginario social, adquieren un determinado sentido, ofrecen modelos ejemplares y generan valores. A su vez, en cuanto que dan explicación de los fenómenos sociales, de las instituciones, y de las diversas actitudes que deben tomarse ante la vida, actúan como cohesionadores sociales. Los mitos del imaginario social “son extremadamente sensibles a lo histórico” . El yo individual que cada uno de nosotros somos es asimismo un ente histórico (no solamente psicológico). Ser histórico significa estar “sujetado” a las prácticas sociales de su tiempo. Significa estar plegado al sistema de valores y supuestos de una tradición cultural.

En lo que a las mujeres se refiere, tres son los mitos que se presentan como organizadores de la voluntad, los deseos y las emociones. Ellos son el mito de la Mujer = Madre, el amor romántico y la pasividad erótica femenina. Estos mitos se siguen proponiendo a través de una multiplicidad de mecanismos como modelos identificatorios para las mujeres. Su eficacia se debe, a una serie de factores: la repetición de sus tramas argumentales, la naturalización de la maternidad, el amor y la pasividad como inherentes a la “esencia” femenina. Desde esta perspectiva, las mujeres actuales son sujetos criticantes de aquella identidad.
Particularmente la identificación de las mujeres con las madres es lo que ha nominado a las mujeres en tanto sujetos en nuestra cultura. La mujer femenina será sinónimo de espiritualidad, intuición, pasividad, sumisión, dependencia y estará dotada de una afectividad desexualizada; por lo tanto, para hacer valer su identidad deberá convencerse y convencer que es asexuada, que es maternal y que no es una cualquiera. “Esta pasividad históricamente construida y no natural tendrá como correlato una maternidad, también históricamente construida y no natural, donde este pasaje de niña a Madre se produce a través de una adolescente que puede garantizar una futura esposa no sólo fiel sino no demandante en la sexual” . En medio de estos estereotipos danza el amor romántico, una de las principales nutrientes de la educación de niñas y adolescentes donde la entrega total y la postergación de sí misma hace que todo se justifique y se perdone en nombre del amor. Esta concepción hará de la histeria la enfermedad femenina por excelencia, que se instituye como entidad psiquiátrica a partir del siglo XIX, y donde la llamada “frigidez femenina” se vuelve cada vez más frecuente.

Nuestra cultura se caracteriza por ser patriarcal y designa a las mujeres según la ecuación Mujer = Madre. “El mito dirá que la madre posee un saber-hacer instintivo, que le permite entender mejor que nadie – es, por ende, irreemplazable – lo que su hijo necesita. Dicho instinto la guiará para encontrar – siempre – el camino adecuado en la relación con el hijo; es infalible. La madre va a “saber” por instinto. En función de él, su amor es incondicional; madre e hijo están atados por lazos de “sangre” indisolubles y su hijo la necesitará de por vida” . Pero ¿existe acaso este instinto? El papel que desempeña el instinto en la conducta humana aún no está claro… Frente a este mito que implica que la esencia de la mujer es ser madre, se contrapone la presencia de mujeres que organizan su vida en un proyecto vital no circunscrito a la maternidad. En este cambio de posición en sus condiciones de vida, ya no es predominante la necesidad de ubicarse como objeto para satisfacer las necesidades de otro, sino que pasa a ser prioritario ubicarse como sujeto con deseos propios, interrogándose sobre cuáles son los deseos posibles sobre los que orientarán su vida de allí en más. Las mujeres hoy en día no son sólo madres; trabajan, estudian, ganan dinero, mantienen sus hogares.

Cabría preguntarse si las mujeres sienten la necesidad de ser madres, si la falta de hijos desvaloriza su feminidad. “Variarán de una mujer a otra la significación del hijo, el deseo o no deseo de ese hijo, su manera de imaginarizarlo, sus posibilidades de entrar y salir de la especularidad con su hijo” . En la época que vivimos una mujer dedica mucho menos tiempo de su vida útil a cumplir con su función social reproductora. Pero al mismo tiempo, al tener menos hijos hay más mito. Al tener menos hijos y siendo la maternidad la función de la mujer, su misión sería sacrificar su satisfacción personal para dedicarse incondicionalmente a sus hijos. Las mujeres ya no pueden clasificarse. Hoy quedaron fuera de los antiguos esteriotipos. Para ser mujer no es indispensable ser madre. Se debe desmistificar la idea de que por poseer un aparato reproductor privilegiado las mujeres están obligadas a tener hijos. Las mujeres son solamente madres en potencia.

En lo que respecta a los hombres, desde su nacimiento reciben dos consignas básicas. La primera afirma: “Ser varón es ser importante” y la segunda: “Debes demostrarlo”. Estas dos consignas transmitidas por toda la cultura, serán un referente en la vida de todo hombre. Aún cuando las posibilidades de aproximarse al ideal marcado por el modelo hegemónico sea una utopía. “Ser varón en la sociedad patriarcal, es ser importante. Este atributo se presenta con un doble sentido: por una parte, muy evidente, ser varón es ser importante porque las mujeres no lo son; en otro aspecto, ser varón es ser importante porque comunica con lo importante, ya que todo lo importante es definido como masculino” . Los hombres se construyen en relación y oposición a las mujeres y se demuestran y representan como hombres frente a los otros hombres. El varón que internaliza plenamente el mensaje patriarcal es en ese sentido homosocial, ya que se relaciona preferentemente con otros varones. “Desde el origen del patriarcado, el hombre se definió siempre como un ser humano privilegiado, dotado de algo de más que las mujeres ignoraban. Se consideraba más fuerte, más inteligente, más valiente, más responsable, más creador o más racional. Y ese más, justificaba su relación jerárquica con las mujeres…” . El sistema patriarcal incluye el antagonismo entre los géneros y su oposición irreconciliable y confrontada, al grado de enunciar a cada cual como el “sexo opuesto”. La dialéctica incluye además, de manera simultánea, el principio de la complementariedad basado en el deber de la diferencia. Como a cada género se le asignan características exclusivas y parciales, es diferente del otro género y, como cada conjunto de cualidades se considera indispensable para la vida y para la simbolización de la humanidad, se sostiene que cada género complementa al otro. Así, cada mujer y cada hombre deben encontrar en el otro y en la otra, respectivamente, lo que no tienen en totalidad. “Lo que tiende a esperar el varón es una mujer que realice aquellas tareas de las que él no puede ocuparse, que tenga aquellos sentimientos y habilidades en los que él no puede entretenerse y que asuma las tareas de comunicación que él no puede atender” . Los hombres mantienen una dependencia invisible respecto de las mujeres para no caer en una posición de subordinación femenina. Se empoderan, se jerarquizan, prestigian y valorizan, e incrementan su capacidad de dominio sobre su vida y sobre el mundo; a través del trabajo como atributo genérico, de sus trabajos concretos, y del aprovechamiento del trabajo que realizan las mujeres para ellos.

Llegada cierta edad, a los varones se les impide expresar ternura, cariño, tristeza o dolor, todas expresiones de humanidad, y se les permite solamente la ira, la agresividad, la audacia, y también el placer, como muestras de la masculinidad ideal. Por lo tanto, el varón masculino será sinónimo de fortaleza, racionalidad, actividad, agresividad, independencia, dotado de una virilidad que lo hará dueño de un “impulso sexual irrefrenable”. Por lo tanto para hacer valer su identidad deberá convencerse y convencer de que no es una mujer, que no es un niño y que no es homosexual.

La forma en que los niños construyen sus ideas acerca de la masculinidad se ve complicada por un factor clave en la sociedad actual: la falta de padres. Aunque el papel activo del padre es de crucial importancia para la formación del niño, muchos hogares carecen de una presencia paterna y, cuando sí la tienen, es común que ésta sea deficiente por diversas razones. Hoy en día, padre e hijo comparten períodos de tiempo muy cortos, usualmente después de un arduo día de trabajo y con el padre en estado de agotamiento. Ante la separación física y emocional entre hombres y jóvenes, entre padre e hijo, es más difícil aprender el significado de la masculinidad. Sin embargo, todos los niños deben crecer y convertirse en hombres, porque no tienen otra opción, y lo aprenderán de una u otra forma. Una fuente de modelos de masculinidad viene del grupo de amigos. Los jóvenes pasan mucho más tiempo con muchachos de su edad que con hombres adultos. En estos grupos gana siempre el más agresivo y violento, el que más desafía la autoridad. Y es él quien termina dando el ejemplo de una masculinidad “exitosa”, porque su conducta consigue lo que pretende.

Las prácticas sexuales de los varones significadas desde el modelo hegemónico de masculinidad, ofrecen un sujeto activo en la búsqueda del placer sexual y “descentrado” de las decisiones reproductivas. La otra cara de la moneda del modelo hegemónico de feminidad. De esta manera el erotismo pasa a ser un área privilegiada del varón, quien interioriza las preocupaciones oficiales del colectivo masculino, “tamaño del pene / potencia / capacidad de engendrar” lo que lleva a la figura del mítico gran varón que debe ser, en el que el placer se subordina al cumplimiento del rol masculino.
Fue el movimiento feminista el que animó a los varones a considerar a las mujeres. A partir de esto muchos hombres comenzaron a valorar sus propios componentes femeninos. Un cambio que también es compartido por hombres que se han atrevido a imaginar y vivir su masculinidad en formas no opresivas, ni para ellos mismos ni para otras personas; hombres que, a la vez de reconstruir radicalmente su masculinidad, apoyan explícitamente las demandas de las mujeres. Son hombres que han aceptado con profundo respeto las experiencias de las mujeres bajo la tiranía del machismo y que se han visto reflejados en esas experiencias al reconocer no sólo su papel de opresores, sino también el sufrimiento y los comportamientos autodestructivos por los que debieron pasar para acceder a la virilidad.
La transformación de las relaciones de género, no se orienta a revirar el sentido de las relaciones de poder que tradicionalmente hemos desempeñado, sino de construir nuevas.

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